Del Holodomor a la Invasión: retazos de una historia ucraniana


Alla Solod
7 de Diciembre de 2023

Podría describir mi historia familiar como un viejo abrigo de invierno que quizá tengas en el armario de tus padres o abuelos. En general, un abrigo así tiene un estilo anticuado y un material cálido que proporciona calor y fuerza cuando hace frío. Además, su aspecto vintage se combina fácilmente con el mundo moderno, añadiéndole nuevos significados y formas. Uno puede envolverse en un abrigo así y sentirse protegido.

Mi abrigo, como el de la mayoría de los ucranianos de mi generación, tiene agujeros aquí y allá, las mangas quemadas y descoloridas, las iniciales del propietario y el lugar de fabricación desvaídos. No sabemos quién lo llevaba, cuándo ni cómo, si esa persona era feliz, qué soñaba y qué diría. Con el tiempo, rellenamos estos agujeros con retazos de historia, encontrando patrones similares en las historias de los demás e intentando comprender dónde y cómo surgió este abrigo y, por tanto, cómo acabó en nuestros armarios.

En la historia de mi familia, uno de estos agujeros en el abrigo es el Holodomor. A principios de los años 2000, después de la Revolución Naranja, empezamos a encender velas por las personas que murieron de hambre entre 1932 y 1933. En la escuela, nos contaron la historia de las tres espigas de trigo por las que te podían encarcelar. Nos mostraron fotos de cuerpos hinchados de niños que no se parecían en nada a mis amigos y a mí. Yo no entendía quiénes eran esas personas ni por qué murieron de hambre. Ni siquiera el fantasma del hambre, que me recordaban a menudo a través de su comportamiento mis mayores, me permitía darme cuenta de que aquello formaba parte de mi historia.

Los padres de mi madre provienen de la región de Luhansk, en el Donbás ucraniano. Mi abuelo era originario de la ciudad de Svatove. Segun lo que mi madre recuerda, ni él ni sus padres nunca hablaron de la hambruna; era un tema prohibido. Sólo una vez, cuando escuchó la palabra makuja y le preguntó a mi abuelo qué significaba, él le respondió que eran las cáscaras de pipas de girasol molidas que habían salvado la vida de nuestra familia durante la hambruna. Más tarde, tras la muerte de mi abuelo, supimos que mucha gente de la región de Luhansk se había salvado gracias a los campos de girasol, donde los campesinos recogían en secreto las cáscaras y se las comían.

Madina Tlostanova
Yo y mi abuela Nila en el jardín junto a un girasol, como aquellos que salvaron la vida de nuestra familia.

A mi abuela, Nila, le encantaba vernos comer a mi hermano y a mí. Se acababa cada miga de pan que dejabamos, secaba el pan por si se acababa y bebía agua azucarada para engordar. Nació en Popasna, en la región de Luhansk. Su padre, Myjailo, se trasladó allí desde la provincia de Poltava cuando era adolescente. Era hijo de un famoso herrero, Hryhoriy.

Al comienzo de la colectivización, todos los campesinos que poseían parcelas de tierra o pequeñas propiedades fueron confiscados a la fuerza, y miles de ellos fueron deportados a otras regiones o enviados al gulag. Para escapar de esta amenaza, el herrero quemó su casa y su taller, dejó marchar a todos sus animales, reunió a sus hijos y se marchó al Donbás para trabajar en una fábrica y empezar una nueva vida. El Donbás era donde se había producido la industrialización y adonde miles de campesinos intentaron huir en busca de un trabajo que les permitiera comer. Escaparon también de la muerte porque, durante la hambruna, las autoridades soviéticas confiscaron a los campesinos no sólo sus tierras, sino también todos sus animales, alimentos y utensilios de cocina. Al menos 3,9 millones de personas murieron de hambre.

Hryhoriy, el herrero, prohibió a su familia hablar de la vida en Poltava o criticar a las autoridades, y si lo hacían, se ponía extremadamente inquieto, como si hubiera una fiera a la vuelta de la esquina. Durante el Holodomor, la madre de mi abuela, Varvara, también llegó a Popasna desde la región de Poltava cuando era una adolescente. Era huérfana, ya que toda su familia murió en la hambruna. Pretendió olvidar todo lo que le había ocurrido antes. Incluso su nombre. Llegó a Popasna el día de Santa Varvara, y en el Donbás le dieron una nueva vida y un nuevo nombre.

Madina Tlostanova
Mi madre con su abuela Varvara en la casa de Popasna, Luhansk, Ucrania.

Estos nombres, los recuerdos del Donbás y el miedo y pánico de la familia al hambre simplemente existían a mi alrededor, sin estar vinculados de ninguna manera a una sola historia. Mi abuela, Nila, murió en marzo de 2020 y, en su funeral, mi tío Sasha, que se quedó en Popasna con su familia, empezó a hablar de la guerra y de las explosiones con las que aún soñaba. Todos nos sentimos incómodos y permanecimos en silencio ya que no había guerra a nuestro alrededor.

En 2021, mi tío Sasha construyó un monumento a la memoria de nuestro antepasado, el herrero, en Popasna, y prometió enseñárnoslo cuando viniéramos a visitar nuestra casa familiar. En aquellos momentos, me pareció que otro agujero en mi abrigo estaba a punto de ser reparado y que ya no sería tan difícil decir de dónde lo había sacado.

En marzo de 2022, la casa de Popasna quedó destruida y el tío Sasha le prometió a mi madre por teléfono que evacuaría. Pocos días después, un bombardeo ruso lo mató en el patio de su casa, donde sus vecinos lo enterraron. No sabemos qué pasó con el monumento de nuestro bisabuelo, porque las ciudades de Popasna y Svatove están bajo ocupación rusa desde mayo de 2022. Desde entonces, hago todo lo que puedo para coser mi abrigo y evitar que los rusos le hagan más agujeros para las próximas generaciones de mi familia.


Traducido por Juan González



Alla Solod

Alla Solod. Activista feminista ucraniana y voluntaria de ZNOvU, organización que ayuda a los niños de los territorios ocupados.